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BIOGRAFÍA  
 

Llegó el tiempo de las cerezas
Nativel Preciado

Una afilada sensibilidad y un discurso nutrido en el contumaz ejercicio de su profesión y en una apasionada experiencia lectora, han hecho de Nativel Preciado la aventajada comunicadora que se asoma a la narrativa como en un respiro para sustituir los afanes de la profesión por la intensidad de la creación. Su estilo es un concentrado resultante de rigor, fluidez expresiva, ausencia de artificio y respeto por las palabras leídas en otros. Así, este libro viene arropado con un hervidero de citas y asociaciones a las que cabe añadir otra, tomada del cine (Una historia diferente), preámbulo idóneo para iniciar esta lectura: “¿qué es lo peor de envejecer?”, le preguntan al protagonista unos jóvenes. Y él responde sin dudar: “Recordar cuando eras joven.”

Llegó el tiempo de las cerezas, su último relato, es prueba de todo lo dicho. Es la crónica de una verdad tan humana, tan necesaria y tan necesitada de buscar el cauce de la ficción para reinventar la experiencia del miedo al paso del tiempo…, que la inmediata reacción de quienes se acerquen a ella será la de que resulta, cuando menos, entrañable y acertada. El tiempo de las cerezas es un verso de una canción francesa que llena de recuerdos a la protagonista, Carlota, una mujer de 60 años, madre, actriz de doblaje y otras cuantas razones para sentir que tiene la vida por delante. Pero en lugar de vivir el presente opta por la dimensión del recuerdo, por atormentarse con el escrutinio de pérdidas, errores, celos almacenados y rencores del pasado. Se convierte en una conciencia asustada: ¡la vejez, la soledad, el futuro sin futuro! Piensa ella que “el tiempo de las cerezas” fue un pasado, imperfecto pero definitivo. Y en ese estado asalta su vida una relación inesperada que, a pesar de ella misma, le impulsa a reencontrase en el significado de nuevas palabras, nuevos deseos, nuevos afectos, nuevas expectativas.

El encuentro se convierte en nudo de la trama, al tiempo que sirve para ir deshaciendo el nudo de contradicciones que atenazan a Carlota. Y el desenlace no es tal, porque acciones como ésta, que sólo tienen lugar en el territorio emocional de la protagonista, que no son un tratado sobre la sabiduría esencial –que consiste en saber envejecer– pero enseñan a quitarse el miedo de encima, a reconciliarse con la dirección insoslayable de la flecha del tiempo –en realidad, el único argumento de la novela–, muestran que lo que está por venir puede propiciar el mejor recuerdo.

Pilar Castro. (El Cultural)

 

Cuando llegue  la primavera
Pedro M. Domene

Cada nuevo día supone el comienzo del resto de toda una vida, escribió un anónimo pensador. Es esta una actitud que convertimos en la consecuencia inmediata de lo cotidiano, de esa búsqueda permanente de un mundo nuevo. Quizá por eso en Llegó el tiempo de las cerezas (2008), la nueva novela de Nativel Preciado, se muestra una peculiar reflexión sobre el paso del tiempo, y también sobre el miedo o sobre la inseguridad como esas inequívocas indecisiones que se repiten, una y otra vez, a lo largo de nuestra existencia.
Un estado de ánimo, una extrema intensidad emocional con cierto desbordamiento, un vacío hasta llegar casi al límite, permiten al personaje Carlota ofrecer fragmentos de una realidad que oscilan entre la ficción y la farsa, entre el disfraz y la apariencia, entre el deseo y la quimera. Y cercana la madurez, hacer el recuento de una existencia frente al momento más inseguro y vacilante de toda una vida. Como en obras anteriores de Nativel Preciado, las referencias autobiográficas abundan en títulos y autores, películas, geografías reconocibles, incluso canciones que remiten al título de la propia novela, Le temps des cérises, una inequívoca alusión al tiempo de la felicidad. Pero la historia de esta divorciada y madre de una hija no tendría nada de particular si la narradora madrileña no mezclara experiencias propias con una trama ficticia para plasmar con intensidad la actitud vital de toda una generación marcada por la dictadura franquista, herida con ese haz de inseguridades y vacilaciones propias de una edad que se debate en caer en la certeza de una soledad absoluta o la perdida de la memoria. Para no rendirse, Carlota, que a lo largo de las páginas de Llegó el tiempo de las cerezas, se muestra como un personaje creíble por su dimensión humana, frágil por sus indecisiones, valiente por su tenacidad, capaz de sobrevivir a los días triviales de su existencia, en ocasiones segura para iniciar un giro en su vida en el preciso momento en que comienza un particular ajuste de cuentas con su pasado, decide buscar y encuentra nuevos objetivos en la vida, mientras se olvida de Benjamín un ex-marido prescindible en su presente, y se aleja de su hija Claudia que la acusa de madre impostora por ese afán maternal de controlar y arreglar las vidas ajenas.

Conmovida por la violencia de ese devenir del tiempo, Carlota dedica todo su esfuerzo a superarlo a través de una evocación de imágenes fragmentadas, de las que uno se sirve en literatura para poner a salvo algunos recuerdos del pasado, instantes irrepetibles de una existencia anterior, frente a la desfachatez de las marcas que provocan la vejez o la muerte.

La protagonista provoca con su historia una experiencia tan entera como moral, tan concentrada que destila en todo momento un relato lúcido, intenso y de comedida extensión, características que causarán en el lector la apasionada visión de una realidad tan cercana como creíble porque, como suele ocurrir en muchos casos, alguien o algo nos sustrae la mayor parte de las nimiedades de la vida cotidiana, esas que Carlota va rememorando en su sencillo relato: el agradable recuerdo de su madre, los momentos felices con Benjamín, los primeros pasos de su hija, la nevera que tantos años ha durado, las lecturas y las películas inolvidables, ese ámbito estricto del intimismo que en ocasiones le resulta ajeno frente a una realidad colectiva degradada con el paso de los años. Y cuando alguien se cruza en su camino, Gorka, el personaje masculino, solo entonces aprenderá a sosegar algunos de sus juicios, atemperar el ánimo o a disfrutar del tiempo de las cerezas, cuando ya es capaz de seleccionar algunos de sus recuerdos y de olvidar algunas de sus obsesiones, y aprende a vivir con las contradicciones y la razón de las huellas que va dejando el paso del tiempo.

(crítica en Mercurio. Revista de la Fundación José Manuel Lara)

 

La sencillez expresiva, la carga emocional transparente y el interés intrínseco de unas peripecias personales trastornadoras son los elementos que dispone Nativel Preciado en Bodas de Plata. La autora aborda un asunto sin edad, la lucha por la vida, mediante una historia psicológica de pocos personajes: un psiquiatra que se enamora de una paciente que tiene un hijo desequilibrado y una amiga de la mujer a la cual han diagnosticado un cáncer. Las tensas relaciones entre los protagonistas tienen un punto central en la celebración anunciada en el título. Luego viene un desenlace inesperado, y con este giro se refuerza la sustancial amenidad de la historia; pero ésta destaca sobre todo por servir de base para una atractiva recreación de asuntos humanos básicos: la enfermedad, el dolor, la supervivencia y la comprensión del otro. Preciado da una visión compleja de la existencia donde caben la esperanza y el pesimismo más negro, y estimula al lector con esta afortunada novela emocional a llevar a cabo su propia reflexión sobre la vida.

Santos Sanz Villanueva sobre "Bodas de Plata"

 

 

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Nativel preciado
 
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