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BIOGRAFÍA  
 

Conocí a Nativel Preciado en Mayo del 68 una noche en el diario Madrid donde ella trabajaba. La vi tecleando en una Remington frente a una pared desconchada bajo un polvoriento tubo de neón y entonces ella era casi una adolescente roja que llevaba vaqueros con remaches y zurrón de indio, tal vez aligerados con una blusa dulce o rebeca de angorina. También su rostro  tenía ya una doble expresión: sus rasgos de china lo suavizaban pero en sus ojos había cierta ironía metálica cuando te desafiaban sesgadamente desde los pómulos almenados. El dictador gozaba de buena salud y el régimen atravesaba en ese momento su etapa de gamas al ajillo.

Había que ser progresistas a toda costa aquellos años cuyas noches olían a gas de almendra y para eso se utilizaba el eje del café Gijón, Oliver, Carrusel, Bourbon, Piccadilly y en esos santuarios había periodistas que estrenaban barba, poetas que tomaban coñac con media tostada, pintores que ladraban a cuatro patas. Entre ellos un vate maldito con rasgos de bereber reinaba abriendo su sombra en el humo: Carlos Oroza recitaba yambos contraculturales y fue el quien consagró a Nativel Preciado como musa de aquellas barras y veladores donde la libertad era un pepito de ternera compartido con Marcuse. Nati… Nativel… Vietnamita… Surnamita… clamaba el bardo mientras en la cocina iba marchando también una de boquerones.

Había que amar en secreto a Nativel y resistir las balas de goma en las manifestaciones, fumar marihuana, viajar a Machu Pichu, ir a entrevistar a un guerrillero colombiano, adentrarse en el desierto de Libia y al volver a Madrid encontrar que Nativel aún permanecía intacta, con el bloc de notas, los dedos manchados de bolígrafo, oliendo a perfume de linotipia, sin haber dejado de ser una referencia en la noche. Había otras mujeres en los periódicos, algunas de ellas inteligentes, libres y saludables, pero Nativel Preciado tenía esas cualidades y otras más: añadía al talento de dejarse seducir por el segundo plano sin perder el acero de su carácter, sin permitirse nunca una crónica de sí misma que no fuera subyugante.

Cayeron aquellos sueños de acracia. Luego llegó la libertad en medio del gran baile de los mediocres y Nativel ha ido acrecentando su interior hacia una madurez llena de dudas, curtida en el conocimiento de las personas, tallada por la experiencia de los días, hecha ya a no asombrarse de nada y eso le ha dejado en los ojos de china una ironía de primera calidad cuyo destello se acompaña de una sonrisa mortal de necesidad.

Nunca habrás leído nada de Nativel Preciado que no haya sido medido, acertado e inteligente y, sin embargo, sus colegas la perdonan, incluso la siguen amando bajo el imperio de la mediocridad que nos envuelve. Ese es su destino: haber dado a esta profesión donde el nombre se entroniza con navaja, un talante poseído por el rigor sin estridencias. Nativel Preciado todavía conserva aquel punto medio que tenía cuando la vi por primera vez. Ha cometido locuras llenas de sensatez, ha provocado a muchos compañeros con su naturalidad, ha ejercido la inteligencia sin darle importancia, ha hecho siempre lo que le ha dado la gana y pareciendo sumisa ha sido una libertaria. Este libro de retratos que ahora publica (Fuera de Campo) es una galería de personajes o espectros que pueblan su memoria. Yodos ellos forman una rueda de indios bailando alrededor del fuego que Nativel Preciado aviva con una caña”

Interludio de Nativel Preciado, por Manuel Vicent

Nativel preciado
 
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